Los representantes de ambos linajes formalizarán, en el marco de la Cumbre Mundial de los Valores Universales, un compromiso llamado a perdurar entre generaciones y sustentado en la dignidad humana, el respeto entre culturas y religiones, una misión espiritual de servicio a los demás y una concepción del liderazgo vinculada a la responsabilidad.

Por Federico Dalmaud – Les Valeurs du Monde Unis.

Madrid será escenario de la formalización de un Pacto de Fraternidad y Concordia entre la Casa Giray y la familia Mahiedinne Al Hassani, un compromiso concebido para establecer entre ambos linajes una relación duradera de respeto, consideración mutua y cooperación.

El acuerdo será solemnemente suscrito durante la Cumbre Mundial de los Valores Universales, que reunirá los días 24 y 25 de septiembre en la capital española a representantes de más de 60 países, entre diplomáticos, responsables públicos, miembros de casas reales y de la nobleza, dirigentes deportivos, empresarios, representantes de la cultura, periodistas y miembros de la sociedad civil.

Suscribirán el pacto Su Alteza Real Oksana Hoffmann-Girey, en representación de la familia Giray, y el emir Lahouari Benarba Ben Mahiedinne Al Hassani, presidente de Les Valeurs du Monde Unis y promotor de la cumbre.

La ceremonia tendrá un significado que trasciende la relación personal entre sus firmantes. Ambas familias desean otorgar forma y continuidad a un compromiso destinado a permanecer en el tiempo y a ser reconocido por las generaciones futuras como expresión de una voluntad compartida de fraternidad, concordia y servicio.

El pacto tiene como objetivo que toda herencia recibida comporta también deberes hacia quienes vendrán después y una responsabilidad hacia los demás. Desde esa perspectiva, pertenecer a un linaje significa custodiar su memoria, sus símbolos y su genealogía, pero también decidir qué principios asociados a esa historia merecen ser preservados y de qué manera pueden ponerse al servicio de la sociedad contemporánea.

El Pacto de Fraternidad y Concordia nace precisamente de esa concepción. Ambas familias expresarán mediante su firma la voluntad de reconocerse, acompañarse y cooperar desde sus respectivas identidades, manteniendo sus propias tradiciones y estableciendo al mismo tiempo un vínculo sustentado en la dignidad humana, la palabra dada, el respeto entre culturas y confesiones y una misión espiritual compartida basada en el servicio, la fraternidad y la ayuda permanente a los demás.

Dos herencias históricas, una misma idea de responsabilidad

Su Alteza Real Oksana Hoffmann-GireyLa Casa Giray pertenece a una de las grandes dinastías históricas vinculadas a Crimea. Durante más de tres siglos, desde el siglo XV hasta finales del XVIII, los Giray gobernaron el Kanato de Crimea, cuya trayectoria estuvo estrechamente relacionada con el Imperio otomano, Europa oriental y las sociedades de las estepas euroasiáticas.

Su historia sitúa a la dinastía en un territorio que durante siglos fue lugar de encuentro, intercambio y también confrontación entre culturas, religiones y poderes diferentes. Su Alteza Real Oksana Hoffmann-Girey representa hoy esa herencia familiar desde una dimensión contemporánea. Ejerce, además, como cónsul honoraria de la República de Kazajistán en el Principado de Mónaco, función para la que fue autorizada por el príncipe Alberto II en diciembre de 2025.

 

En el linaje del emir Lahouari Benarba Ben Mahiedinne Al Hassani ocupa un lugar central la figura del emir Abd al-Qadir al-Jaza’iri, de quien es descendiente. De acuerdo con la tradición genealógica de la familia, tanto Abd al-Qadir como Lahouari Benarba pertenecen a una línea de descendencia del profeta Mahoma, una filiación que otorga también una dimensión espiritual particular a la responsabilidad asociada a su linaje.

Dirigente argelino, pensador y figura fundamental del sufismo del siglo XIX, Abd al-Qadir es recordado tanto por su papel en la resistencia frente a la expansión colonial francesa como por una concepción de la autoridad profundamente vinculada al deber moral, la espiritualidad y el servicio a los demás.

emir Lahouari Benarba Ben Mahiedinne Al HassaniDurante los acontecimientos que sacudieron Damasco en 1860, intervino para proteger a cristianos perseguidos, una actuación que alcanzó reconocimiento internacional y quedó asociada a una idea de liderazgo capaz de situar la protección de la vida y de la dignidad humana por encima de las diferencias religiosas.

Para Lahouari Benarba, esa filiación no constituye únicamente una referencia genealógica. Forma parte de una herencia moral y espiritual, entendida como una responsabilidad que debe expresarse a través de la ayuda a los demás, el respeto entre credos y el servicio a quienes lo necesitan.

La memoria de Abd al-Qadir aparece así ligada a una determinada manera de comprender el deber que acompaña a un nombre recibido: proteger la dignidad del otro, favorecer el entendimiento entre culturas y religiones y ejercer cualquier posición de influencia desde la responsabilidad, la generosidad y el servicio.

La fraternidad como compromiso

El pacto que será formalizado en Madrid posee una naturaleza esencialmente moral, espiritual y familiar. No pretende establecer una alianza política ni generar obligaciones entre Estados. Su significado reside en la decisión de dos familias de otorgar solemnidad, continuidad y permanencia a una relación basada en principios compartidos.

Durante siglos, los pactos entre Casas y linajes estuvieron asociados a razones dinásticas, territoriales o políticas. El acuerdo que suscribirán los Giray y los Mahiedinne Al Hassani responde a una lógica propia de nuestro tiempo.

La fraternidad que ambas familias proclamarán implica reconocerse desde sus diferencias, preservar el respeto recíproco, favorecer el encuentro entre culturas y religiones y promover, cuando las circunstancias lo permitan, iniciativas relacionadas con la educación, la cultura, el diálogo, la concordia y la ayuda a los demás.

Es también la expresión de una misión espiritual compartida: entender que cualquier posición de responsabilidad lleva consigo el deber de servir, acompañar y contribuir al bienestar de otras personas, especialmente de quienes atraviesan situaciones de mayor necesidad.

Existe además una dimensión deliberadamente intergeneracional. Quienes suscriben el pacto desean que el vínculo no concluya con ellos. La voluntad expresada en Madrid pretende alcanzar a sus descendientes y ofrecer a las generaciones siguientes de ambas familias una referencia sobre la relación que sus mayores decidieron establecer.

Una palabra dada en Madrid

La elección de la Cumbre Mundial de los Valores Universales como marco para formalizar esta relación responde también a esa filosofía. La convocatoria de Madrid ha sido construida alrededor de una cuestión común, cómo hacer posible la cooperación entre personas y comunidades pertenecientes a tradiciones, religiones, países e historias diferentes sin exigirles que renuncien a aquello que las distingue.

La respuesta propuesta por sus organizadores parte de la dignidad humana y de una concepción espiritual del servicio que sitúa la ayuda al prójimo como una responsabilidad que trasciende fronteras, creencias y pertenencias. Reconocer al otro no exige compartir su credo, su cultura o su visión del mundo. Exige aceptar que existen principios anteriores a esas diferencias capaces de hacer posible la convivencia, el respeto, la cooperación y la solidaridad.

El Pacto de Fraternidad y Concordia trasladará ese principio al terreno de las relaciones entre dos familias históricas. Los Giray y los Mahiedinne Al Hassani no pretenden fundir sus respectivas identidades. El compromiso adquiere significado precisamente porque ambas permanecen distintas y, desde esa diferencia, deciden reconocerse como depositarias de una responsabilidad común.

La iniciativa se vincula también con la propuesta de Concordia Humanista promovida por Lahouari Benarba, cuyo principio fundamental sostiene que la dignidad de una persona no depende de compartir su nacionalidad, su religión, su cultura o su pertenencia a un determinado grupo.

En ese sentido, la memoria de Abd al-Qadir adquiere una dimensión muy importante. El episodio de Damasco de 1860 constituye para sus descendientes una referencia histórica de lo que significa actuar en favor del otro sin exigir previamente una identidad compartida.

La alianza con los Giray traslada ahora ese principio de la memoria histórica a una decisión contemporánea. La solemnidad de la firma reside precisamente ahí. En una época en la que los antiguos linajes ya no se definen principalmente por el poder político que ejercen, el valor público de su legado depende también de aquello que sus depositarios deciden hacer con él.

Por ello, lo que quedará formalizado en Madrid será, ante todo, una palabra empeñada entre generaciones. La voluntad de dos linajes, nacidos de geografías, culturas e historias diferentes, de reconocerse y acompañarse bajo una misma exigencia de dignidad, servicio, espiritualidad y concordia.